La robotización es un proceso imparable en todos los países del mundo. Tal y como explican distintos informes con encuestas a empresas, el uso de robots se consolida como la palanca de transformación de las empresas. Según el estudio de Deloitte The robots are ready. Are you?’ el 53 por ciento de las empresas consultadas afirman que ya están inmersas en procesos de implantación de Robotics Process Automation (RPA). Por lo tanto, teniendo en cuenta que el 19 por ciento afirma que lo hará en los dos próximos años, es más que probable que, en 2022, RPA haya alcanzado una adopción prácticamente universal.

 

España se encuentra en una situación de creciente robotización, como indican tanto las cifras de venta como las de implantación de robots. Efectivamente, lejos de países como Estados Unidos, Japón o China, y también de Alemania, que nos lleva bastante ventaja en este sentido. Allí se acuñó el término Industria 4.0 y que supo adelantarse a toda esta revolución, con una potente industria del automóvil. No obstante, España es la séptima potencia mundial en robótica durante este año, según ha señalado la Asociación Española de Robótica y Automatización de Tecnologías de la Producción (AER-ATP), debido a los 35.000 robots industriales que trabajan “a pleno rendimiento” en todo tipo de sectores. Esto supone dos robots por cada mil trabajadores. En Alemania, llegan ya a los cuatro. Es un proceso imparable.

 

Su irrupción masiva no ha hecho más que comenzar. La Federación Internacional de Robótica (IFR) considera que, si en 2016 entraron en funcionamiento 3.919 nuevos robots industriales, en 2020, dentro de apenas dos años, comenzarán a operar 6.500 unidades, lo que sitúa España entre los países europeos más abiertos a la utilización de ingenios electrónicos alimentados con algoritmos.

 

Desde luego que la introducción de la robótica hará posible un crecimiento de la economía mundial de un 14 por ciento en el año 2030. Pero, además, las variables más reseñables para la economía son la competitividad, es decir, reducción de precios repercutida al consumidor; la disminución de tiempos de ejecución; o el aseguramiento de estándares de calidad, entre otros. En general, la mejora de la experiencia de cliente.