La Industria 4.0 ya está aquí, y ha venido para quedarse, dentro de un mundo global que busca siempre ser más competitivo en cada uno de los mercados. Por ello, una de las claves que se percibe es la atracción de la industria de nuevo a Europa y a Estados Unidos. La reversión de la deslocalización, con el mismo objetivo de siempre: la competitividad. Sin embargo, en esta revolución industrial, las herramientas son distintas.

La customización es la causa perfecta para que el viejo continente recupere industrias que habían abandonado sus orígenes, con una tecnología que permite un producto conectado y una relación con el consumidor que busca maximizar su satisfacción desarrollando productos y servicios personalizados y humanizados.

El cliente tendrá un papel más activo hasta poder contribuir en el diseño y fabricación de los bienes que adquiere. Por lo que la industria debe proyectar todos sus esfuerzos en aumentar la velocidad de producción, la construcción de lotes más pequeños, el nivel de personalización del producto y, con ello, mejorar la experiencia del cliente. Es la flexibilidad que consiguen las herramientas habilitadoras de la Industria 4.0, como la automatización o la impresión en 3D.

Esto solo es posible con talento de alto nivel, produciendo lo más cerca posible de ese cliente para el que tenemos que personalizar un producto. Es un consumidor exigente e informado que, además, quiere que su compra ‘ya’ esté en su casa. Por ello, para poder responder de forma ágil a esos nuevos hábitos de demanda hiper-customizada, las empresas se tienen que plantear mover parte de sus centros de producción para estar más cerca del comprador final. En este contexto, la industria no solo busca ser mucho más competitiva y eficiente, sino ser mucho más flexible y reducir su tiempo a mercado.

Esta es solo una de las oportunidades que esta nueva época nos ofrece. Una etapa que requiere cambios, inversión en I+D+i, colaboración y formación.